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martes, 12 de noviembre de 2013

Yo contra el mundo

No hay nada como amar, ¿verdad?
¿Y tú vienes a enseñarme tus piernas?
Querida, que tu artículo sea varonil
no quiere decir que no seas fina, incluso,
a veces, pija; para mí, serás siempre una niña,
una tía, una chica, pero siempre la mujer
a la que aspira cualquier hombre con biografía,
yo aspiro esperanza de encontrarte viva,
a solas disfrutarte todos los días, por la mañana
dejarte hecha un desastre y por la noche
devolverte la vida en un instante
Quiero que me conozcas en profundidad,
centrémonos en cenar una vez más,
no te lo pido como un favor, pequeña, sé
que quieres y te haces de rogar.



“No entiendes sus libros, sus escritos,
sus palabras te dejan desfigurado y tu cara
de acomplejado nos indica que te estancaste
en el pasado”




Todo esto me preguntaron: “¿serías
capaz de amarme como nunca has
dado?” Reí alto y claro, pronuncié
bajo y, susurrando, al oído le relaté
la historia aquella, mi primera vez,
el beso aquel de madrugada, las estrellas
resguardadas, los árboles de testigos,
tus piernas, mi castigo, tus caderas,
mis delirios, tus ojos, mi paraíso,
tu mente, mi mansión y reino,
tu cuerpo, mi billete de ida hacia
el infierno. Tras esto ella se quedó
temblando, no esperaba tanta sinceridad
en un arrebato, y en este le indiqué,
también, como regalo, que le seré
fiel siempre que cumpla con sus
prometidos regalos: sonrisa
eterna a cambio de muchos veranos
a su lado, a pesar de que el fuego
nos separe, a pesar de que el hielo
nos amargue: siempre juntos hasta

que la muerte nos separe.

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