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jueves, 16 de abril de 2015

Desierto azabache

       He de confesar, no a ningún sacro púlpito, que vivo con la esperanza del instante. Mis vahos no tienen prolongaciones personales, pero van encadenados poco a poco para poder recorrer cualquier camino que hallen. Cuando aprieta la luz, a mi alrededor se reúnen para conversar sobre el manto oscuro. Cuando nos agobia la densidad, de siete en siete nos vamos juntando para remar hasta el final del túnel. Vuelta a empezar.

       He de confesar, ya con el paso de las cadenas, que vivo de estrella en estrella. El manto que todo lo rodea me acalla, me embelesa. Me pierdo en sus engranajes, donde me falta el aire, pero él se aparta, algo, para que la brisa me despierte del letargo, lejano...

       Entre mis pasos siempre queda una semana. Yacemos con gracejo y vientos de sonrisa enmascarada. Dos caballos por el desierto se alzan, persiguiéndose el uno al otro hasta dar con nosotros. Pero hemos despertado. Pero caminaremos. No os preocupéis.

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