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sábado, 14 de diciembre de 2013

2

Pasó él, tiempo
y asumí que pensar
en todo no era
nada bueno. Pasaron
las horas, los meses
y los días, y nada
tenía cabida en este,
mi cuerpo.

Pasó ella, mi pequeña
reina, y aún sigo pensando
en ella, de cuando en cuando.
Luego, echo un ojo a mi alrededor,
pensando qué hay, buscando algo
que merezca mi pena. Nadie
merece mi pena, veneno demasiado
tóxico con lágrimas hechas de arena
negra.

Pasó todo, y el camino arrastro.
No hay nada más que yo pueda
pensar, nada me hará sentir que,
sinceramente, lo mejor es
seguir de buenas con todas ellas.
Sigo pensando en ti, nena.
Y se pasan los días, los meses
y las horas, y todos ellos te recuerdan
en algún momento de su historia,

nimia y empequeñecida.

Tres

Bañado en soledad
me muevo tras las
últimas acometidas
por este cuerpo
cometidas. Intenté
resurgir de mis cenizas,
pero me quemé demasiado
al acercarme tanto al
foco de luz, tu cuerpo.

Bañado en soledad
no me arrepiento
de mis movimientos.
Pero me hubiera gustado
verte de nuevo, disfrutar
como cuando éramos
pequeños. Insignificantes

éramos, ahora, me siento.

viernes, 13 de diciembre de 2013

¿Lo hacemos de nuevo?

Y de tus alas, mi recuerdo.
Tu carga no era pesada,
la hacías ligera cada vez
que posaba las esferas
del revés.

Y de tu aliento, mi escalofrío.
El agua, cayendo levemente,
frotaba las rocas y, suavemente,
se ablandaban hasta no quedar
nada, absolutamente nada.

Y de tu ansia, a mi calma.
No querer erguirse por miedo
a caer, a desfallecer durante
un momento. Mientras, la
rueda gira. El destino,
cerca.

Y de tu sangre, mi control.
Las mañanas, las tardes, las noches.
Sola, acompañada, hasta el fin.
Mi mente, tu jarra, mis pensamientos.

¿Lo hacemos de nuevo?

jueves, 12 de diciembre de 2013

Echar de menos

Ya echo de menos tus relatos pequeños,
tus palabras ambiguas y tus cuentos
caseros.

Echo de menos la soleada mañana,
tus ojos, al alba, buscando un alma
parecida a mi lanza, pero no puedes,
porque soy, soy el escritor de tus
enamoradas palabras.

Echo de menos tu compañía, tus abrazos
a distancia, mis largas frases las dejé
rezando oraciones subordinadas al
polvo que tus zapatos levantaban.

Ya echo de menos tu sonrisa dulce,
el mar salado de tus hombros
me deja anonadado, e intento
nadar y no ahogarme en tus ojos,
pero me asfixio porque veo que no
es agua lo que bebo, son lágrimas
por la pérdida de mi tinta, en tu
mar, chica, en tu mar...

¿Por qué no te acercas un poco más?
A tanta distancia, no podremos vernos.
Bebernos un puro líquido que nos vuelva
locos, la pócima del amor que nos haga

vernos desnudos. Al fin seremos uno.

¿Dónde estabas?

¿Dónde estabas? Cuánto tiempo.
Desapareciste y lo dejaste todo negro,
perdido y en mi oscuridad me resguardo.
Necesito alas puras que me regalen halagos.

¿Dónde estabas? Qué desperdicio.
Demasiada suciedad en las esquinas,
y en mi despacho sigo pensando
qué escribirte para verte, niña.

¿Dónde estabas? Cómo has cambiado.
Ahora abres los ojos y callas lo adecuado.
Ahora abres los labios y callas tu aire:
yo te doy el mío y así seremos nadie.

¿Dónde estabas? Quién lo diría.
Estás más cercana que nunca.
Ahora siento tu aura divina.
No te vayas nunca, nunca... querida.

¿Dónde estabas? Ya no creía.
Me has devuelto la esperanza.
Deja que la melancolía me absorba
y tendrás la mejor canción, la de mis memorias.

martes, 10 de diciembre de 2013

Oro, oro

Con la mirada perdida en la oscuridad
que impregna el campo pagano, trabajado.

Con los cabellos cayendo como cataratas
calmadas, con la sonrisa demasiado apagada.

Con sus ojos inyectados en soledad,
con sus manos buscando un clavo ardiendo.

Con sus piernas juntas y arrecidas,
con suspiros encerrando alegorías.

Con su vida demasiado noche,
con su mirada demasiado día.

Con su grácil caída en la melancolía
con sus trucos fallecidos por reyertas.

Con el oro que impregna de olores exóticos,
con el frasco pequeño que alimenta todo.

Con todo esto, yo la vi perdida.
Y no hice nada por sacarla del pozo.
Con todo esto, yo la vi allí, tiritando.
Y no hice nada por encender una fogata.
Con todo esto, yo la perdí en un instante.

Y no hizo nada por recuperarme.

Hoy, la he visto triste

Hoy, la he visto triste.

En realidad, no parecía no
ser feliz, pero, en su interior,
yo navegaba con calma, buscando
peces a los que poder alimentar
cuando, de pronto, una tormenta
quiso entrar.

Me pidió permiso ella, la tormenta,
con unos pelos en el aire, dando qué
pensar. Permiso para entrar, casi
olvido. Hoy, la he visto triste,
por dentro me he sumergido
y sus pasos eran flojos.

Caía poco a poco,
y su peso posaba en
su pie, mientras la inercia
de su cuerpo la mantenía
a flote.

Hoy, la he vuelto a ver.
Pensaba en sonreír mientras
de sus ojos solo se desplegaban
unos árboles que intentaban vivir
y que, sin embargo, las lágrimas
los bañaban, por eso, tal vez,
hoy todo ha sido más gris.

No has perdido tu mirada,
pero tus pupilas se han
posado en mis labios
durante tres segundos
exactos, hermano del
verso y compañero de
aguas con soledad:
sabía que estabas ahí,
nadando.

Hoy, la he visto irse, triste.
Y sabía que podía hacer
ser algo más. ¿Qué hacer?
Ser, nada más.